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no me sonrías, pequeña loba

Notas flotando en el aire. Unas notas discordantes acompañando la voz que canta, como si intentasen tapar los verdaderos sentimientos de ese hombre que le susurra al oído. La luz blanca baña el suelo blanco, y las paredes claras, buscándola en todos los sitios de la casa, incluso el ricón secreto se ilumina un segundo, retrayéndose y dejando escapar un quejido antes de que pase y pueda volver a respirar lentamente. Y no la encuentra. En el aire vibra un acorde que habla de desesperacion...

... Pero ella  sonríe, traviesa, sentada en su pequeño balcón desde donde vigila el mundo. Con las puertas de cristal abiertas de par en par y la cortina recogida, se pasa una mano por el cuelo, lentamente, recorriendo con sus uñas de color chocolate cada centímetro de su piel mientras ensancha su pequeña sonrisa al sentir el escalofrío que recorre su espalda. El mismo que siente cada día cuando se conecta con lo que ella llama; el océano de aire y corazón. Su vecino de abajo, el que toca le está componiendo una canción en secreto, su mejor amiga que siempre le hace perderse en plena ciudad, su profesor de fotografía, que la exige más de lo que ella cree que puede dar y aún así le sorprende, el desconocido del viernes pasado, con el que descubrió que la destrucción se repara en seis días. Tres en los que el mundo está del revés y tres en los que te quedas en casa asimilándolo y volviendo a la normalidad entre tazas de café y llamadas sin responder. Hasta el séptimo día, en el que te subes a los tacones y vuelves a recorrer las calles en tu bici mientras el aire frío te enrojece las mejillas y vuelves a vivir con fuerza. El mismo que deja escapar cuando piernas, y manos, y besos y piel, y sexo se mezclan en su cama sin hacer. 

Sonríe traviesa contando los segundos que tarda en encontrarla. Son dieciocho, y al 19 llaman al timbre.
Se levanta de un salto, como una niña, pero se queda mirando la puerta fijamente sin intenciones de abrirla. Al menos, aún no. Sus pies descalzos sienten la calidez de la madera y se mueven, inquietos, avanzando sin que ella se lo permita unos pocos centímetros. El sonido de unas patas chocar contra el suelo la hacen girar la cabeza y quedarse mirando como su pequeño lobo rojo camina, adelantándola hacia la puerta, mirándola de reojo y apremiándola, como si de pronto el momento pudiera desvanecerse.

El chico que no conseguía engañarla seguía cantando, hasta que el último acorde le golpeó el cuerpo a la vez que se escuchaban unos pasos alejarse. Y se quedó quieta, incapaz de dar un paso más. Por su cabeza pasó la excusa de "solo es el quinto día", todavía le quedaba uno más, no podía rendirse ahora. Nunca se lo perdonaría. Algo le agarraba de los brazos, y unas manos se cerraban sobre sus ojos verdes... Pero su corazón le latía de pronto loco, y desenfrenado. Instándola a reaccionar. Pidiendole un imposible. Rompiendo con esa palabra una vez más.

Cuando se lanzó a la puerta, se arañó las manos al intentar abrir los cerrojos de las puertas, y las rodillas cuando tropezó con sus zapatos tirados, y sus vaqueros rotos. Tardó dos segundos eternos en terminar de abrir, dos segundos tarde. 
El ascensor estaba bajando. Y no lo pensó. Bajó por las escaleras, flotando livianamente con su cuerpo ligero por los escalones, con los latidos de un tambor en los oídos, con el frío mordiendole las piernas, y el vientre, y la nuca, y los labios, siguiendo los rastros de un olor que le recordaba el de un acantilado donde solo las águilas pueden llegar. Su hogar.

Ya se había ido, pero, sin aliento, sin recordar los siete días, ni el imposible, ni el miedo, salió a la calle de invierno descalza, sin ropa, azotándola un huracán de emociones, palabras y anhelos que desplegó al ver su pelo revuelto unos metros más adelante. 
Sus ojos grises la miraron, incrédulos y la boca se abrió ligeramente sorprendido. Ella echó a correr, clavándose pequeñas piedras por el camino, sin sentirlas... Y él abrió su abrigo cuando sus cuerpos chocaron, rodeándola con el calor del imprevisto, de lo que no puedes controlar, de la sensación de tener entre tus manos a un ser que nunca has entendido del todo y, probablemente, tampoco lo harás. Que se te antoja peligroso, caprichoso, que con un golpe de su mano puede arrasar su mundo y el tuyo... Pero también que es capaz de lograr maravillas como nunca pensaste. Que es capaz de despertarse entre tus brazos, aferrándose a tu cuerpo como si no hubiese mañana, y pasar la tarde sola, enfrascada delante de su portátil MAC y su cámara de fotos en las manos, ignorándote completamente. Y de pronto se volvía, en ocasiones como esas, corría con toda su fuerza creadora y reinventaba un nuevo mundo para tí, susurrándote al oído y que tú no comprendes:

- I always was chaos, but i want you.


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¡Hola! Soy Desirée y este es mi blog.
Soy una madrileña viviendo en el Mediterráneo, creadora de contenido y beauty lover. Me centro en skincare y maquillaje porque sentirse bien con una misma es el paso más importante para disfrutar de la vida.

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