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¿Hasta cuándo de nuevo, Vera?

No dijo nada al abrir la puerta y verla parada al otro lado. Traía una mochila gastada, pero eso nunca era garantía de nada. Sonrió y se dio media vuelta para sentarse en el sofá. Por el camino señaló la cocina y dijo:
– Tienes el vino enfriándose en la nevera.
Vera arrugó la naricilla.
– ¿Lo tienes ahí desde que me fui? 
– No, vuelvo a comprarlo todas las semanas. Los domingos por la noche, cuando no llegas, me levanto y lo abro. Espero unos minutos más, por si acaso, pero no llamas a la puerta ni me llega ningún mensaje al móvil así que saco una copa y me lo bebo yo sola. Está bueno, la verdad. Aunque caliente es infame.

Vera la miró fijamente. Apenas había dado dos pasos desde la entrada de la puerta. Sentía un vacío bajo sus pies, le costaba moverse, avanzar. Ella actuaba como si no pasase nada, como si no se hubiese marchado sin avisar meses antes y ni si quiera le hubiese dejado un mensaje. O peor aún, no haber intentado contactarla en todo ese tiempo. Debía cerrarle la puerta en las narices, recriminarla, incluso gritar que así no se trata a quien quieres. Pero no, estaba tranquilamente sentada en el sofá con las piernas desnudas extendidas mientras en su regazo tenía un libro de aspecto pesado que devoraba con ganas. No esperaba que la abriese la puerta y le dijese que si vino, su imperdonable vino, estaba frío en la nevera, esperándola. 

– ¿No vas a decir… nada?
Levantó lentamente la mirada del libro con expresión confundida.
– ¿Quieres que te diga algo?
– Temo que lo hagas.
Entonces sonrió, de medio lado y la miró fijamente a los ojos. Ojos ardientes, verde y miel que se derretían al calor de sus emociones.
– Aprendí de eso la primera vez que pasó, Vera. Ahora, simplemente, no te espero. Te guardo el vino en la nevera, tienes la habitación como la dejaste, incluso tu lado del sofá… Ya aparecerás. Volverás, o no. No quiero seguir preguntándome dónde estás y por qué no me llamas. Así que mientras dure, está bien. Siéntate, anda, y cuéntame.

Era verdad. Ya no la esperaba. Vera era su creatividad, las emociones más intensas, las ganas de aventura, los bailes en carreteras secundarias, las escapadas con el coche, las noches en festivales, los días en terrazas soleadas, las preocupaciones que no llegan, los vinos de más y las ganas de mucho más. Vera era su fotografía, su inspiración, el concepto de infinito, su musa mas puta, como diría Elvira Sastre. Pero no terminaba de comprenderla. Vera se iba, sin decir nada a nadie. A veces por días, por meses, quizá por años. Reaparecía momentáneamente girando la esquina de una calle sin nombre para sentarse junto a ella, sin avisar. La besaba y volvía a marcharse, sin dar explicaciones. A veces se quedaba más tiempo y creía que nunca más iba a desaparecer… Pero no era así. Al principio pataleaba, la buscaba, lloraba y la echaba de menos porque la vida no era lo mismo sin ella. Estar sola, sola consigo misma sin todo lo que Vera le daba era terrorífico, le producía ansiedad, le deprimía y le robaba las ganas. La llamó, la buscó, preguntó por ella, incluso forzó las cosas para buscar otra Vera. Pero no había más Veras para ella. Y aprendió, con el tiempo, a no esperar. Aprendió que existían por separado y tenía que vivir consigo misma sin ella. Aprendió que eran las dos caras de una misma moneda y que el espacio que ocupaba iba a estar allí, doliendo o no, imperturbable. Y, mientras tanto, tenía que vivir. Y ya llegaría de nuevo, con su mirada de conquistar ciudades y momentos, con su olor que lo impregnaba todo, con sus botas altas desafiando la ciudad, con su risa que paraba semáforos, con sus promesas de vida efímera y recuerdos imborrables. Y volvería a vivir con ella, diferentes las dos, iguales siempre. 

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